Desde el infierno de mi silencio
Me reduce a la sombra de mi propio vacío, imaginarla blanca, radiante, besando unos labios que no son míos, con sus manos sobre una barba ajena a mi, con una sonrisa que ilumina al sol con su reflejo y un aroma a coco que invita a besarle cada centímetro de piel; con el tono tostado que me acariciaba en la noche, preciosa como siempre y yo, expectando desde el infierno de mi silencio por el hecho de no haber sido yo el dueño de su mirada tierna, escondido tras mi propio ser horrorizado de la mirada de ira que se refleja en el cristal desde donde tímido y herido mi propio monstruo anhela que las caricias que ella otorga a otro aliviarán mi alma en una caricia, aunque fuera vacía y mentirosa, porque aún ahí, en ese gesto forzado e insensible, el frío de mi ser encontraba calor.